martes, 15 de octubre de 2024

Ajedrez y humildad: cuando el tablero te dice la verdad

 



Santa Teresa de Jesús, patrona del ajedrez, escribió una frase que puede parecer extraña al principio: «La humildad es andar en verdad».

¿Qué significa?

Que ser humilde no es pensar que vales poco, esconder lo que haces bien o dejar siempre que otros tengan la razón. Ser humilde significa vivir de acuerdo con la realidad. Ni creerse más de lo que uno es, ni menos.

Y el ajedrez enseña esa lección como pocos juegos.

En el tablero no importa cuánto confíes en una jugada. Si tiene un error, el tablero lo mostrará. No importa cuánto desees que tu ataque funcione. Si la posición dice otra cosa, la realidad terminará imponiéndose.

El tablero no engaña.

Por eso el ajedrez es una gran escuela de humildad.

Cada partida nos recuerda algo muy importante: somos capaces de hacer jugadas brillantes, pero también de cometer errores muy simples. Podemos tener buenas ideas y, al mismo tiempo, pasar por alto una amenaza evidente. Somos inteligentes, pero no lo sabemos todo.

Aceptar esa realidad no nos hace más débiles.

Nos hace más libres.

Muchas personas piensan que la humildad consiste en decir: "No sirvo para nada". Eso no es humildad. Es tan falso como pensar: "Soy el mejor y nunca me equivoco".

La verdadera humildad consiste en poder decir con sinceridad: "Esto lo hago bien." "En esto todavía tengo que mejorar." "Aquí me equivoqué." "De esto puedo aprender."

El orgullo, en cambio, hace justo lo contrario. Nos impide aprender.

Cuando una persona orgullosa pierde una partida, casi siempre encuentra una explicación que la deja bien parada. El problema fue el reloj, el rival, el ruido o la mala suerte. Rara vez piensa que quizá fue ella quien tomó una mala decisión.

El jugador humilde actúa de otra manera. Termina la partida, vuelve al tablero y se pregunta:

¿Qué no vi? ¿Dónde estuvo mi error? ¿Qué puedo hacer mejor la próxima vez?

Esas tres preguntas valen más que cien victorias.

Y no solo en el ajedrez.

También en el colegio, en el deporte, en una amistad o en la vida familiar. Todos tenemos cualidades y todos tenemos límites. La diferencia no está en equivocarse o no. La diferencia está en qué hacemos con nuestros errores.

Quien acepta la realidad aprende. Quien solo busca excusas deja de crecer.

Otra gran lección del ajedrez es que siempre habrá alguien que juegue mejor que nosotros. Lejos de ser una mala noticia, eso significa que siempre tendremos algo nuevo que aprender. Cada rival puede enseñarnos una idea. Cada derrota puede convertirse en un paso hacia adelante.

Cuando comprendemos esto dejamos de jugar únicamente para demostrar que somos mejores que los demás. Empezamos a jugar para ser mejores que ayer.

Esa es la verdadera humildad: no compararte constantemente con otros, sino esforzarte por seguir creciendo.

Al final, el mejor jugador no es el que nunca pierde ni el que nunca se equivoca. Es el que tiene el valor de mirar sus errores de frente, aprender de ellos y volver a intentarlo.

Porque el tablero siempre dice la verdad. Y quien aprende a aceptar esa verdad descubre que la humildad no consiste en hacerse pequeño, sino en conocerse a uno mismo, aceptar sus límites, desarrollar sus talentos y nunca dejar de aprender.


Leonardo

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